OPINIÓN 08 · 22-10-2026 · TEYLOR MASK
Antes de pagar a un diseñador, escribe cinco cosas en un folio.
Se te rompe la caldera un domingo de enero.
Sales de la ducha con el agua helada y la toalla a medio poner, coges el móvil con los dedos mojados y escribes «fontanero urgente» y el nombre de tu barrio. Abres tres webs.
La primera tiene la foto de un señor sonriente con casco y los brazos cruzados. «Más de treinta años de experiencia. Calidad, confianza y compromiso.» Debajo, un formulario con nombre, apellidos, correo, teléfono, código postal y «describa su consulta».
La segunda es la misma, en azul.
La tercera es fea. Fondo blanco, letra gorda, ni una foto. Pone «Voy hoy. Te digo el precio por teléfono antes de salir.» Y un número enorme que se marca con el dedo.
Llamas a la tercera.
No sabes si es el mejor fontanero de tu barrio. Sabes que es el único que te ha dicho algo.
Tu cliente es tú con la caldera rota
Quien entra en la web de tu despacho no viene a mirar. Viene con una carta del juzgado doblada en el bolsillo, con un despido que le han comunicado el viernes a las dos, con una herencia que tiene a tres hermanos sin hablarse. Viene con prisa y con el estómago encogido.
Y se encuentra la balanza. La biblioteca de libros que nadie ha abierto. El mazo de juez. «Un equipo de profesionales comprometidos con la excelencia.» Doce áreas en el menú, del derecho bancario al marítimo. Y el formulario del fondo, el de los siete campos.
La culpa no es del diseñador. Le diste tu logo, le dijiste que te gustaba el azul marino y le pasaste la web de un despacho de Madrid que te parecía seria. Él hizo lo que hace siempre, que es lo que le pediste.
El diseño se paga una vez. Lo que dice la web lo pagas cada día que alguien entra y se va.
Así que antes de hablar de colores con nadie, coge un folio. Uno. Y escribe esto.
1. Qué casos coges, con las palabras de tu cliente
Tu cliente no busca «Derecho laboral». Busca «me han despedido y no sé si es legal». No busca «Derecho de familia». Busca «cómo me divorcio si él no quiere».
Escribe tres áreas como mucho. Tres. Si pones doce, el que llega piensa que no eres bueno en ninguna, y tiene razón en desconfiar. Cada área, en una frase que podría decir tu cliente en la barra de un bar.
Y debajo, una línea con lo que no coges. «No llevo tráfico.» «No hago reclamaciones de menos de tanto.» Esa línea filtra más que diez párrafos de lo que sí haces, y te quita las llamadas que te comen la tarde.
2. Cuánto cuesta, aunque sea un desde
El precio es lo primero que busca la gente. Si no lo encuentra, no te escribe para preguntarlo. Imagina el peor y abre la web del siguiente.
No hace falta una tarifa cerrada. Un «la primera consulta cuesta tanto y se descuenta si seguimos». Un «un divorcio de mutuo acuerdo, desde tanto». Con eso, quien te escribe ya sabe a qué viene, y tú no pierdes cuarenta minutos con quien nunca iba a pagar. Lo conté entero en por qué escondes el precio.
3. Qué pasa cuando te escribe
Quién contesta. Por dónde. En cuánto tiempo. Escríbelo.
Un teléfono que se marca con el dedo. Un WhatsApp con el mensaje ya empezado, para que no tenga que pensar cómo se saluda a un abogado. Un correo. Y una frase que diga «te contestamos en un día laborable». Si no puedes prometer eso, el problema no es la web.
El formulario de siete campos fuera. Es una puerta con siete cerrojos, y el de la caldera no tiene paciencia para abrir ni uno.
4. Una frase que el de enfrente no pueda firmar
Escribe la primera frase de tu web. La que va debajo del logo.
Ahora tápale el logo, enséñasela a alguien y pregúntale de quién es. Si duda, si dice «de un despacho», la frase no vale. Vale para cualquiera, y lo que vale para cualquiera no hace que nadie te elija a ti.
Una frase buena incomoda un poco. Dice qué piensas de tu sector, a quién no atiendes o cómo hablas. Si a tu socio le da vergüenza leerla en voz alta, vas bien.
5. Lo que no puedes poner
Esto el diseñador no lo sabe, y no tiene por qué saberlo. Tú sí.
El artículo 20 del Estatuto General de la Abogacía dice que tu publicidad no puede revelar nada amparado por el secreto profesional, ni incitar al pleito, ni prometer resultados que no dependan exclusivamente de ti, ni mencionar a tus clientes sin su autorización. Y si pones que estás especializado en algo, tiene que respaldarlo un título, un curso homologado o una práctica que lo avale.
Así que nada de «ganamos tu caso». Nada del logo del cliente famoso. Nada de «especialistas en todo».
No te quedas sin nada que decir. Te quedas con lo verdadero, que es lo único que vende dos veces.
El folio, antes que el azul marino
Con ese folio, el diseñador ya sabe qué tiene que decir la web, y no te la rellena con lo de siempre. Sin él, te entrega la primera web del fontanero. La del casco. Preciosa, en azul, con más de treinta años de experiencia.
La tercera web, la fea que te hizo coger el teléfono con la toalla puesta, no la hizo un diseñador. La escribió alguien que sabía qué quería oír el que tenía la caldera rota.
Y hay una sexta cosa, la que más cuesta escribir. No te la pongo en la lista porque no cabe en una línea. Es tu postura, lo que tu despacho piensa y el de enfrente no se atreve a decir. Sin ella, las otras cinco son una web correcta. Con ella, son la tuya.
Si quieres que el folio, la postura y la web los haga yo, son 3.000 €, IVA incluido. Tu voz escrita, hasta ocho páginas, sin cookies, hecha para el móvil y con tus respuestas ya preparadas. Y si te gusta el señor del casco, no me escribas.
Factura SEASI (Sociedad Española de Asesoramiento y Sistemas Inteligentes, S.L., NIF B05592530). Marketing con Cojones y Teylor Mask son sus marcas.